Diarios y percepciones visuales de CMR: La presencia herida por el tiempo. II

Revista Cultural La Vasija

Lectura

La pintura y los museos en la formación de la mirada de Carlos Martínez Rivas.

Primera parte

Desde muy joven, Martínez Rivas entendió que mirar también era una forma de aprender. Su sensibilidad hacia la pintura no fue un interés secundario, sino una dimensión fundamental de su formación artística. Museos, exposiciones, galerías y grandes maestros de la pintura se convirtieron en espacios donde el poeta buscaba aquello que las palabras no siempre podían alcanzar.

«Miré pintura y la amé.» CMR

En las entregas anteriores nos adentramos en los diarios de juventud de Carlos Martínez Rivas, descubriendo al lector incansable, al observador atento y al poeta que convirtió su experiencia europea en un ejercicio permanente de formación.

Ahora abrimos la página, a partir del libro II, escrito por Pablo Centeno Gómez, donde la mirada se desplaza de las lecturas hacia otra de las grandes pasiones de CMR: la pintura y las artes visuales.

Su fascinación venía incluso de la infancia. Los libros de pintura que encontró primero en Guatemala y posteriormente en Nicaragua despertaron en él una temprana admiración por los grandes maestros europeos. Rubens, Tintoretto, los paisajistas holandeses, los retratistas ingleses, los impresionistas y Henri Matisse formaron parte de ese universo visual que alimentaría posteriormente su sensibilidad.

Pero para Carlos Martínez Rivas, contemplar una obra de arte no significaba simplemente observarla. Significaba aprender a mirar.

En sus anotaciones sobre los museos de Nueva York, esta relación alcanza una intensidad particular. Frente a los grandes maestros, CMR no se comporta como un espectador pasivo: analiza, compara, interpreta y registra. El Metropolitan Museum, el Museum of Modern Art y las obras de artistas como Goya, El Greco, Cézanne, Manet, Degas, Gauguin, Ingres, Rubens y Van Dyck se convierten en verdaderas aulas para su formación.«Al hacernos partícipes de su visión, los pintores nos enseñan a mirar el mundo exterior.»

La pintura, entonces, aparece en estos diarios como una auténtica transfusión de conocimiento. Cada cuadro observado modifica su manera de comprender el mundo y alimenta su propia escritura.

De ahí aquella poderosa imagen que atraviesa sus reflexiones: la transfusión de sangre de los museos.

El poeta viaja de un lado a otro del Atlántico, visita galerías y exposiciones, contempla durante horas las obras maestras y registra meticulosamente aquello que descubre en ellas. No busca solamente reconocer estilos o nombres; busca penetrar en la estructura profunda de la obra, en su composición, en sus silencios y en la humanidad que contiene.

En este sentido, la pintura se convierte para CMR en otra forma de literatura: un lenguaje capaz de revelar lo que la palabra apenas consigue insinuar.

Y quizá allí encontremos una de las claves más fascinantes de estos diarios: Carlos Martínez Rivas no solamente quería escribir sobre el mundo; quería aprender a verlo.

Fuentes

Pablo Centeno Gómez. Diarios y percepciones visuales de CMR: La presencia herida por el tiempo. Libro II.

Redacción, recopilación y diseño: Franz Tórrez Hernández