Román Mayorga Rivas · Panorama de la poesía nicaragüense
La primera entrega de Panorama de la poesía nicaragüense recorre la trayectoria de Román Mayorga Rivas e incluye «Diálogo», escrito con Rubén Darío.
En los grandes momentos de la poesía nicaragüense existen nombres que quedaron en el olvido. Poetas que habitaron el umbral entre una época que terminaba y otra que estaba por nacer. Entre ellos aparece la figura de Román Mayorga Rivas: suele aparecer reducido a “periodista” o “precursor”, pero eso le queda pequeño. Fue uno de esos escritores que ayudaron a tender puentes entre Nicaragua y Centroamérica, entre el romanticismo tardío y el modernismo naciente. Fue periodista, ensayista, traductor y una de las voces que ayudó a construir los primeros caminos del modernismo centroamericano.
Román Mayorga Rivas nació en León en 1862 y falleció en San Salvador en 1925. Perteneció a una generación cercana a Rubén Darío y, durante mucho tiempo, fue subestimado por la historia literaria.
“A diferencia de otros modernistas, la obra de Román Mayorga Rivas permanece dispersa y parcialmente olvidada. Quizá esa sea una de las paradojas de la literatura: algunos escritores sobreviven en los libros; otros sobreviven en la influencia que dejaron sobre generaciones enteras.” Hoy en la Revista Cultural la Vasija, le celebramos.
Entre 1884 y 1886, imprimió la obra antológica de tres tomos Guirnalda Salvadoreña que reúne datos biográficos y la obra de poetas salvadoreños. Para ese tiempo fundó en Nicaragua el periódico de gran formato "El independiente" de la ciudad de Granada, donde contrajo matrimonio.
Mayorga es de esos escritores que comenzaron a nombrar los paisajes, la lengua cotidiana y la sensibilidad centroamericana desde una nueva mirada. Su vida transcurrió entre Nicaragua y El Salvador, donde desarrolló gran parte de su labor intelectual. Allí fundó periódicos, impulsó el periodismo moderno y participó activamente en instituciones culturales. Fue miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua y una figura decisiva para la formación de una prensa literaria moderna. Además de su faceta como periodista, su poesía se caracteriza por una sensibilidad profunda, que abarca temas de amor, naturaleza y la reflexión sobre la vida cotidiana. Su volumen Viejo y nuevo, publicado en 1915, se destacó por su recopilación de poesía original y por sus traducciones de autores como Oscar Wilde, a quien tradujo al español con gran destreza, destacándose la traducción del poema La esfinge.
En literatura, es considerado parte de la segunda vertiente del Romanticismo en El Salvador, según Luis Gallegos Valdés. Colaboró con poemas y artículos en medios nacionales, como en La revista ilustrada de Nueva York. Por su dominio del inglés, italiano, portugués y francés, realizó traducciones literarias. A partir de 1915 ingresó como miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua, donde ocupó la silla B, y ese año publicó su único libro de versos: Viejo y nuevo. Fue amigo de juventud de Rubén Darío y José Martí. - colabora en El Ensayo y el adolescente Rubén Darío le dedica "al dulce vate", Mayorga Rivas la oda titulada "Naturaleza"; este mismo año se halla dirigiendo en El Salvador otro periódico que ha fundado, La Nación.
El impacto de Román Mayorga Rivas sobrevive hoy en la cultura centroamericana. Su obra literaria y periodística sigue siendo un referente esencial para comprender la evolución cultural y política de El Salvador en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Las publicaciones que fundó y dirigió se convirtieron en la plataforma que permitió a los escritores de la época difundir sus trabajos, y su legado perdura a través de las generaciones de autores que lo consideran un modelo a seguir.
Mayorga Rivas fue un escritor de presencia discreta, participó en la circulación de nuevas ideas estéticas y ayudó a conectar la literatura nicaragüense con las corrientes intelectuales del mundo hispano. Fue laborioso, tradujo, escribió, editó y promovió cultura. A veces la historia recuerda a quienes encendieron la llama; otras veces olvida a quienes sostuvieron el fuego. ̈ Considerado un precursor del modernismo centroamericano, Mayorga Rivas pertenece a la generación que consolidó la identidad literaria regional. Su labor como periodista, traductor y poeta contribuyó a conectar la literatura nicaragüense y salvadoreña con las corrientes intelectuales del mundo hispano ̈
Conozcamos un poco más de este poeta que ayudó a escribir, desde la palabra y el periodismo, una parte esencial de la historia literaria centroamericana.
Diálogo · Román Mayorga Rivas y Rubén Darío
escrito por Román Mayorga Rivas y Rubén Darío y recitado por sus autores en el Teatro Nacional de San Salvador, en la velada lírico-literaria de la ACADEMIA DE LA JUVENTUD (15 de septiembre de 1882) Rubén Román, nuestros corazones ven de amor distintos lampos... Román Sí. Tú el amor de los campos, yo el amor de los salones. Es cierto que en el retiro de alguna selva callada, goza el alma enamorada en exhalar un suspiro; pero en medio de la fiesta y el compás de alegre danza, se ve brillar la esperanza en una noche como esta. Rubén Concedo que en el salón el alma también suspire, y allí es propio que delire con locura el corazón; mas tú no me negarás lo que mi labio asegura: el salón, fuego y locura; el campo, contento y paz. Aquí en suma plenitud el bardo goza y se inquieta, y allá el alma de poeta vive en plácida quietud. Román No he de huir de la ciudad, porque también aquí habita aquella diosa bendita que llaman felicidad. Aquí en fervientes excesos en la inquietud se hallan calmas, y se confunden las almas con el calor de los besos. Al fulgor de las bujías y al brillar de los espejos, se ven lucir, a lo lejos, misteriosas simpatías; y el acorde de los pianos las almas todas se engríen, mientras los labios sonríen y arrancan notas las manos. Aquí, en dulce devaneo a la belleza admiramos, y extáticos contemplamos a una Julieta, a un Romeo; y en vagarosa ansiedad vivimos aquí sonriendo con la música, el estruendo de la ruidosa ciudad. Rubén Pero el amor resplandece, con un fulgor más sublime, bajo el ramaje que gime de un naranjo que florece. Pasan corriendo las horas apacibles y serenas, cual corren en las arenas las linfas murmuradoras. Allá los enamorados viven en dulce alegría, poblada su fantasía con mil sueños sonrosados. Están sin penas ni agravios, entre tímidos sonrojos, con la ternura en los ojos y la sonrisa en los labios; en cada hoja que se mueve y del viento en cada suspiro del agua ondulante y leve, creen oír blando rumor, misterioso, indefinido, que les murmura al oído todo un poema de amor... Román ¿Amor? Amor tú verás traducido en cada nota, que el arpa temblando brota con armonioso compás; su magia tú sentirás cuando en el baile, Rubén. Recline en tu hombro la sien una mujer, indecisa, mostrándote en su sonrisa la poesía del Edén. ¿Amor?... Cuando en confusión de luces, ecos y flores, con sus prismas dan colores las arañas del salón; cuando la imaginación se confunde y se recrea, al ver la gasa que ondea con abandono prendida, al ver la alfombra mullida y el pebetero que humea; cuando la música rueda en tropel manso y sonoro, que de mil cítaras de oro el rítmico son remeda; cuando se arrastra la seda crujiente de los vestidos; cuando rostros encendidos y ojos que brillo derraman, los corazones inflaman y enardecen los sentidos; y las lámparas redondas que aprisionan luces bellas derraman lluvia de estrellas, alumbrando tenues blondas; cuando perfumadas ondas llegan la frente a besar, y en el alma a despertar deseos vagos, sin nombre, que tan solo siente el hombre y no los puede expresar; cuando una sonrisa suma de unos labios sonrosados, se esconde tras los calados de un abanico de pluma; cuando entre encajes de espuma se envuelven formas de ondina; cuando el alma se ilumina, y encendida, absorta, inquieta, la inspiración del poeta vuela a una región divina; entonces, esos rumores, esas sonrisas y espumas, esas complacencias sumas con que sueñan los cantores; esos rosados albores, ese enjambre seductor de luz, aroma y color, y ese extraño y dulce anhelo, son los efluvios del cielo ¡que los condensa el amor! Porque el amor se engalana, arde, se mueve y palpita, donde quiera que se agita la congregación humana. La guitarra castellana, el son de la guzla mora y la cuerda vibradora del dulce Aberle y de Olmedo[1], traducen, en ritmo ledo, de amor la voz seductora, cuando allá en la noche obscura, con su cítara de plata llega a dar su serenata un trovador sin ventura, con inefable ternura, sus notas al viento deja, y al preludio de su queja en el balcón donde canta, oye una voz que le encanta, al través de aquella reja. Y esa voz, esa expresión ardiente y entrecortada, vaga y trémula, escapada de un femenil corazón, viene a aumentar la ilusión con su tierna vaguedad, y en la dulce intimidad que se goza en esta cita, se ve que también habita tierno amor en la ciudad. Ese afecto sin igual también aquí domicilia, para formar la familia y mantener la moral; como en el campo, inmortal purifica y regenera, germen de luz hechicera de su seno se desprende, y con sus llamas enciende a la humanidad entera. De este amor la esencia tiene mucho de grande y fecundo, y el equilibrio del mundo con fuerza vital mantiene; en sus misterios contiene luz, armonía y placer... ¡Qué irresistible poder! ¡Cómo embriaga y enajena! ¡Y cómo al hombre encadena a los pies de la mujer!... Ya ves que a los corazones que moran en la ciudad, les brinda felicidad el amor de los salones; vienen bellas ilusiones en tropel encantador a iluminar el dolor las tristes noches obscuras, ¡pues es fuente de venturas infinitas este amor!... Rubén Pues amor del campo, mira: ¿Has oído alguna vez, cómo en bosques de ciprés un arroyuelo suspira? ¿Y no has visto cómo gira la inconstante mariposa, volando de rosa en rosa, y ciega, sin tino y loca, el cáliz apenas toca con el ala temblorosa? ¿Has visto de la arboleda, en el follaje tupido, de dos tórtolas el nido que acaricia el aura leda? ¿Y no has visto cual remeda tiernos suspiros la fuente, que moja con su corriente la verde, mullida grama que de espuma se recama al crepúsculo naciente? ¿Has oído la armonía misteriosa de los montes, el trino de los senzontes al despertar claro día? ¿Has mirado la poesía del valle, de luz escaso, cuando el sol baja al ocaso? ¿Y has oído el aura pura que parece que murmura églogas de Garcilaso? ¿Has mirado a las abejas libando miel del rosal, y has escuchado al zorzal lanzando al aire sus quejas? ¿Has visto flotantes rejas que de juncos y espadañas se tejen entre las cañas, entre verdes carrizales, y cual sube en espirales el humo de las cabañas? ¿Has visto tú la majada como en el llanto retoza, cómo juega y se alboroza del pastor a la llamada? ¿Y no has visto en la enramada esas gotas diamantinas que en las flores purpurinas están la luz reflejando, y las desprenden, volando, bandadas de golondrinas? ¿Has visto tú en la pradera cómo a admirarla convida una apacible y florida mañana de primavera? ¿Cómo tímida y ligera la cervatilla inocente en el agua de la fuente apaga la abrasadora sed y corre sin demora hacia el boscaje, impaciente? ¿Has visto en noche serena reflejarse en la laguna la blanca luz de la luna de melancolía llena? ¿Has mirado a la azucena que se cubre de rocío? ¿Has oído el manantío que producen, confundidas, Náyades adormecidas sobre las ondas del río? ¿Y no has mirado lucir de agreste cerro en la falda, los cambiantes de esmeralda, los cambiantes de zafir? ¿Has escuchado el gemir de la amorosa torcaz allá en la selva feraz, donde el silvestre murmullo se confunde con su arrullo como símbolo de paz? ¿Has mirado al brillo puro del sol, en días de calmas, como estremecen las palmas su retoño verde oscuro con movimiento inseguro? ¿Y has sentido el sin igual soplo de ambiente otoñal, cuajado de mil aromas, al perderse entre las lomas susurros de cocotal? Pues esos tiernos cantares, y murmurios y sonrisas, y quejas de blandas brisas y susurros de palmares; de los verdes olivares los melódicos rumores, y esas palabras de amores que dicen en tonos suaves las espumas a las aves y las aves a las flores; ese himno que al cielo eleva naturaleza sonriente, como un idilio elocuente que dulces cadencias lleva; esa magia que renueva en las almas el ardor, y que le inspira el Creador, nos muestra en su eterno bien, que es reflejo del Edén de los campos del amor. ........................................... ........................................... Amor del campo, armonía de crepúsculos y fuentes... Román Amor del salón, lucientes fulgores del mediodía... Rubén Dos rayos que Dios envía de su fulgente diadema... Román Guíalos fuerza suprema, y en la mundana penumbra... Rubén ¡El uno apacible alumbra y el otro, radiante quema! FIN.
Fuentes
Valle-Castillo, J. (1993). Antología de poetas modernistas de Nicaragua. Managua: Editorial Nueva Nicaragua.
Ramírez, S. (2001). Literatura nicaragüense. Océano.
«Panorama de la literatura nicaragüense: La poesía». Revista Lengua y Literatura, vol. 2, n.º 1, enero–junio de 2016. UNAN-Managua.
Cañas-Dinarte, Carlos. Diccionario escolar de autores salvadoreños (San Salvador: Consejo Nacional para la Cultura y el Arte [CONCULTURA], Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998).
Revista Cultural La Vasija.