Nidia Marina González Vásquez · Costa Rica

Nidia Marina González Vásquez

Selección poética

Cinco poemas de Nidia Marina González Vásquez y un encuentro visual con Francisco Amighetti en esta postal desde Costa Rica.

En esta lectura

«Postales desde Centroamérica» continúa su recorrido por las voces poéticas de nuestra región. Esta iniciativa editorial de Revista Cultural La Vasija nace con el propósito de acercar territorios, memorias y sensibilidades a través de la literatura y las artes visuales, reconociendo en cada poeta una manera particular de comprender la existencia y de nombrar el mundo.

Después de recorrer Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras y Nicaragua, nuestra sexta postal llega desde Costa Rica, de la mano de Nidia Marina González Vásquez, poeta, escritora y artista plástica cuya obra nos invita a explorar las relaciones entre el cuerpo, la memoria, la identidad y la libertad.

La poeta y su trayectoria

Nidia Marina González Vásquez es artista plástica, profesora catedrática jubilada de la Universidad de Costa Rica y escritora. Como artista visual, cuenta con 18 exposiciones colectivas y siete individuales en distintas galerías de su país. Su producción literaria forma parte de más de catorce antologías publicadas en Costa Rica, México, España, Colombia y Bolivia.

Entre sus libros se encuentran Cuando nace el grito, Brújula extendida, Seres apócrifos, Objetos perdidos, Bitácora de escritorio y otros viajes, La estática del fuego, Zurda, Anamesis, Antología personal Deya bú, Astilla de agua, Atrapanieblas, Autofagia y La curvatura de la piel.

Su trayectoria ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos la medalla de plata del Latin American Book Award por Zurda, el I Premio Latinoamericano Marta Eugenia Santamaría Marín por Anamesis, el XI Premio Iberoamericano Pilar Fernández Labrador por Atrapanieblas y el II Premio Corina Rodríguez por Autofagia.

Su poesía: cuerpo, memoria y libertad

En la selección poética que presentamos, Nidia Marina González Vásquez construye un universo donde los objetos cotidianos adquieren significados inesperados y el cuerpo se convierte en un territorio de reflexión. Sus poemas transitan entre la ausencia, las heridas de la infancia, la condición femenina y la necesidad de encontrar una voz propia frente a las imposiciones del mundo.

La poesía de Nidia Marina González Vásquez nos recuerda que la libertad también se construye desde el lenguaje: nombrando las heridas, cuestionando los límites y descubriendo nuevas formas de habitar nuestro propio cuerpo.

Sobre la obra visual | Francisco Amighetti

Para acompañar esta sexta entrega de Postales desde Centroamérica, hemos seleccionado la obra La niña y el viento (1969), una cromoxilografía del destacado artista costarricense Francisco Amighetti (1907–1998), pintor, grabador y escritor considerado una de las figuras fundamentales de las artes visuales de Costa Rica durante el siglo XX.

Su producción artística se distingue por una profunda sensibilidad hacia la vida cotidiana, la memoria, el paisaje y la condición humana. Mediante el dibujo, la pintura y especialmente el grabado, Amighetti desarrolló un lenguaje visual de gran fuerza expresiva que contribuyó significativamente a la identidad artística costarricense.

La elección de La niña y el viento establece un diálogo simbólico con el poema «Mudanzas». Mientras la poeta nos presenta una jaula vacía y el silencio de una noche que ha perdido sus grillos, la obra de Amighetti evoca el movimiento, la infancia y la relación entre el ser humano y las fuerzas de la naturaleza. Ambas creaciones nos invitan a reflexionar sobre aquello que permanece, lo que cambia y lo que inevitablemente desaparece.

Con esta unión entre poesía y pintura, nuestra postal busca celebrar dos expresiones artísticas que, desde lenguajes diferentes, participan de una misma sensibilidad cultural centroamericana.

Mudanzas

Tengo una jaula de bambú para grillos —vacía claro está— con un pequeño columpio vacío Una jaula para grillos que se columpia a sí misma sin una sola pieza de metal cálida, hecha en Japón por manos minuciosas Me hace recordar que la noche debería estar llena de grillos pero se ha vaciado igual que esta jaula surrealista.

Los poetas suicidas

Para Alejandra, Sylvia, Alfonsina, Violeta, y más. El poeta no muere una vez: se despide, en cada verso, de las cosas del mundo, como un Midas que pierde lo que toca. FRANCISCO TREJO Las poetas suicidas no se marchan de su tinta indeleble ni ocultan su salto al vacío. Algunos temen su decisión y les es imposible mirarlas a los ojos. Niegan el tejido completo con la belleza del desgarro y lo cosido con la soberanía de elegir lo que pudieron. Debe ser por la vieja historia del miedo, por la historia de los juicios eso de no mirar de frente su decidida inmanencia. Las poetas suicidas ataron un hilo entre el dolor y la belleza y se abandonaron a él. Las poetas suicidas reconocieron los límites de su cuerpo y llegaron al fondo sin fondo de su fuerza. Eso es todo lo que sucede en historias como estas.

Diatriba de las alas

Pies para que los quiero si tengo alas para volar FRIDA KHALO Eso de las alas es una mentira. Hurgando las escápulas no hay rastro de ellas. Nada más pedestre que la anatomía de los pies, el protuberante calcáneo, el tarso y el metatarso en concavidad compensatoria a la fuerza de gravedad. Nada más pedestre que los brazos, tan articulados como las piernas. Conocen ambos las texturas del suelo. Los brazos saben desplegarse para evitar un choque a tierra con la cabeza en picada. Eso de las alas es un sueño disminuido, porque cuando se vuela en los sueños basta con remontar el aire, nunca hay tiempo para encaramarse un par de alas plumarias, ni siquiera a la hora de morir como sea que muera alguien, nadie vuela mientras el cuerpo se disipa. Las alas son un lugar común metáfora de Ícaro y Dédalo, en escapada. Es una moda del siglo xxI las fotografías con alas inundan pantallas y spots comerciales. Vuelvo a las escápulas y su escarpada geografía: si algo pudo articularse ahí -además del húmero y la clavícula- es un dibujo de huracanes por desatarse.

La casa

Cuando una mujer se pierde en su propia casa es por causas mayores como cambios de tiempo espacio sonambulismo desasosiego en el cuerpo hambre de gata y techo para saltar. Cuando una mujer se fragmenta, los libros salen disparados porque no han podido leerse en su voz delgada y amenaza todo el entorno con volar en el vendaval de febrero. Si se pierde en el ajedrez de las losas desiguales es porque presiente la muerte por el fuego en Chile y Canadá, y los cielos desmembrados del destierro en la frontera. Es porque ella y su casa lloran e intenta ser su propia casa mientras camina en ella porque otros están a la intemperie y ese llanto le quema. Cuando una mujer se pierde en su propia casa solo le queda el lecho de su órgano cardíaco que no es poco sino toda su casa.

Insumos tempranos

Una niña zurda va hilando los remiendos que debió inventarse con el hilo para las costuras habituales. Silenciada por reproches que no responden sus preguntas. Si su otredad no tiene sitio en la lista y no hay renglón para sus dedos, se hace de una caja oscura para esconder los labios las palabras y los besos. Se esfuma la ceniza del grafito antes de pronunciar líneas al sol. No le plantan una escoba para volar sino para barrer la casa en la dirección indicada con cuidado de sacar el polvillo fino de los rincones. De nuestras heridas adultas la niñez guarda en sus bolsillos piedras invisibles para el resto del camino. Sus exploraciones sin respuesta son sepultadas en los acantilados, precio de sal para las heridas tatuajes de sombra ahuecada. Somos los mismos que fuimos, en las faldas y los pantalones nadan como peces indelebles clavos y maderos en cruz para crucificarnos a tiempo cada vez que la libertad se despierte. Sólo con las llaves forjadas por la herida se pueden abrir las jaulas y escapar de artificios oxidados. Una niña zurda en la adultez hila sus remiendos se abre la garganta con un cuchillo de palabras escritas por su mano izquierda. Abre la luz de sus cicatrices, salta el acantilado de las herrumbres se atreve a mirar el mar apartando velos y cruces. Camina sobre las aguas.

Créditos

Francisco Amighetti, La niña y el viento (1969), cromoxilografía.

Redacción, recopilación y diseño: Franz Tórrez Hernández