Al ver su aldea
A veces, basta reconocer un lugar para que el cuerpo encuentre fuerzas donde parecía no quedarle ninguna.
Gana Febo el cenit. Lago de llamas,temblar mírase el éter igniscentey en el monte monótono y silente,de la siesta en el horno, arden las ramas.
Contemplando los yermos panoramas,el sudor a raudales en la frente,baja, heridas sus plantas, la pendienteel viajero senil. Cívicos dramas
lo expatriaron —diez lustros peregrino—y hoy que torna su alma gigantea,teme yerto caer en el camino;
mas, no obstante que agónico flaquea,corre alegre, de pronto, como el vino,al doblar un recodo y ver su aldea.
Fuentes
El siglo en la poesía en Nicaragua, tomo I, pp. 160–161.
Pintura: Orlando Sobalvarro.