Nota de arpa
El poema de Álvaro Urtecho encuentra un diálogo visual con la pintura de Alejandro Aróstegui: memoria, ausencia y permanencia.
Hay rostros que el tiempo no consigue borrar y voces que permanecen resonando mucho después de que sus autores han partido. La poesía y la pintura poseen esa extraordinaria facultad de conservar la presencia humana allí donde la vida parece haberse convertido en memoria.
Con motivo del natalicio del poeta Álvaro Urtecho Lacayo, celebrado el 1 de noviembre, Revista Cultural La Vasija presenta una edición especial de Versos de mi Nicaragua, dedicada también a reconocer el extraordinario legado del maestro Alejandro Aróstegui, figura fundamental de las artes plásticas nicaragüenses, en estos días de homenaje a su memoria.
Esta publicación reúne dos expresiones artísticas que han contribuido profundamente al patrimonio cultural de nuestro país: la palabra poética y la pintura.
Álvaro Urtecho: la Poesía como revelación
Nacido en Rivas el 1 de noviembre de 1951, Álvaro Urtecho fue poeta, ensayista, crítico literario, docente y periodista cultural. Su trayectoria intelectual estuvo marcada por una profunda vocación humanística y una búsqueda permanente de las relaciones entre literatura, filosofía, existencia y espiritualidad.
Realizó estudios de Humanidades en la Universidad Centroamericana y de Filosofía y Letras en España. Posteriormente desarrolló una importante labor como profesor universitario, investigador literario y colaborador de diversas publicaciones culturales.
Entre sus obras destacan Cantata estupefacta y otros poemas, Esplendor de Caín, Auras del milenio, Tierra sin tiempo y Cuadernos de la provincia.
Su poesía se distingue por la intensidad de sus interrogaciones existenciales, la riqueza de su pensamiento y una sensibilidad capaz de descubrir en las experiencias humanas más profundas una dimensión de misterio y trascendencia.
En «Nota de arpa», Urtecho reflexiona sobre la muerte, el recuerdo y esa misteriosa persistencia de quienes han desaparecido físicamente, pero continúan habitando nuestra memoria.
La composición comienza con una pregunta que contiene una inquietud universal: ¿dónde permanecen aquellos seres a quienes la muerte ha arrebatado?
El poeta reconoce que la memoria no conserva únicamente rostros. También resguarda gestos, lugares, características y pequeños detalles que hicieron irrepetible la existencia de quienes conocimos.
El silencio, lejos de representar una ausencia absoluta, se transforma en un espacio de reencuentro.
En los versos finales aparece una de las imágenes más bellas del poema: una galería de semblantes que permanecen suspendidos en el recuerdo, serenos, apartados y profundamente humanos.
Así, Urtecho convierte la evocación de los ausentes en una celebración de aquello que permanece.
Alejandro Aróstegui: el paisaje como memoria
Esta edición adquiere un significado especialmente profundo por la presencia de una obra pictórica de Alejandro Aróstegui, nacido en Bluefields en 1935 y reconocido como uno de los grandes renovadores de la pintura nicaragüense.
Fundador y figura central del histórico Grupo Praxis, Aróstegui contribuyó decisivamente a la transformación del lenguaje plástico nacional, incorporando procedimientos experimentales, técnicas mixtas, texturas y una visión profundamente personal del paisaje nicaragüense.
Su obra exploró las posibilidades expresivas de la materia, las relaciones entre naturaleza e intervención humana y los símbolos de nuestra geografía.
En la pintura seleccionada para este homenaje, un gran disco de tonalidades ocres domina una extensión azul donde las formas del horizonte y las piedras construyen una atmósfera de extraordinaria quietud.
El color, la textura y la disposición de los elementos producen una sensación de inmensidad y silencio.
Estas cualidades encuentran una correspondencia especialmente conmovedora con «Nota de arpa».
Mientras Urtecho evoca los rostros que permanecen en nuestra memoria, Aróstegui nos ofrece un paisaje donde las formas parecen suspendidas en una dimensión que trasciende el instante.
La poesía recuerda a quienes ya no están; la pintura parece guardar el silencio donde esos recuerdos permanecen.
No se trata de una ilustración literal del poema, sino de un encuentro entre dos lenguajes artísticos independientes, unidos por nuestra interpretación editorial de la memoria, la permanencia y el paso del tiempo.
Desde Revista Cultural La Vasija expresamos nuestro profundo reconocimiento al maestro Alejandro Aróstegui y a una trayectoria artística que contribuyó a ampliar los horizontes de la creación plástica nicaragüense.
Su legado merece continuar siendo estudiado, preservado y difundido entre las nuevas generaciones.
Dos legados, una misma memoria cultural
Esta edición especial representa un encuentro simbólico entre dos creadores cuya obra pertenece a la historia cultural de Nicaragua.
Álvaro Urtecho nos dejó una poesía de extraordinaria profundidad intelectual y sensibilidad humana.
Alejandro Aróstegui desarrolló una visión pictórica que transformó las posibilidades de representación de nuestro paisaje y de nuestra identidad.
Ambos contribuyeron, desde disciplinas diferentes, a enriquecer la experiencia artística de nuestro país.
Con esta publicación, Revista Cultural La Vasija reafirma su compromiso con la recuperación, preservación y difusión del patrimonio literario y pictórico nicaragüense.
El poema que hemos seleccionado posee una resonancia especial para este encuentro, porque nos recuerda que las personas no desaparecen completamente mientras permanezcan sus enseñanzas, sus obras y las huellas de su paso por el mundo.
En los libros que volvemos a abrir, en las pinturas que seguimos contemplando y en las palabras que sobreviven al tiempo, encontramos nuevas maneras de acercarnos a quienes nos precedieron.
Hoy celebramos el natalicio de Álvaro Urtecho y rendimos homenaje al legado artístico de Alejandro Aróstegui, con gratitud y profundo respeto por sus contribuciones a nuestra cultura.
Que sus obras continúen encontrando lectores, espectadores y nuevas generaciones capaces de reconocer su grandeza.
Porque el arte conserva aquello que el tiempo no puede devolvernos: la posibilidad de volver a encontrarnos con quienes dejaron una parte de su vida en la belleza.
La memoria es también una forma de permanencia.
¿Qué se hicieron aquellos que vencióla muerte? Extrañamos sus rostros.Exacerbamos el corazón al recordartal carácter, lugar, gracia o detalleque les fue propicio.El silenciolos acerca a veces, a nosotros,y ofrecen una pizca de grandezao de sabiduría.Discreta,sin duda, la galería ingrávidade esos semblantes de párpadoscerrados, apartados, armónicos,perfectamente absortos y cordialescuyo orgullo nos llena de sonrisa.
Fuentes
Poema: «Nota de arpa» — Álvaro Urtecho Lacayo (1951–2007).
Pintura: Alejandro Aróstegui.