Oda al viento de septiembre
El viento entra en el poema como un ave, una música y una fuerza que nadie puede encerrar.
¡Graznando como un lucero entras en el albasalvaje torcaz! Rota la espiralde nácar donde anidaba tu acentoinicias la Danza. ¡Oh, esquiva,brumosa pájara del Este! Como cuerdasde guitarra suenan tus cabellosen el súbito ritmo y eres numerosacomo te amé en la nochecuando encendías el sutil ardor de los astros.Sopla donde quieras—mujer de brisa—,que yo en ascuas ardo a tu murmullocomo ardía—deletreando las aurascon ática nostalgia—el mágico maestro.No todo navegante en la derrotadio con la dorada isla de tu canto. A vecesdejaron los extranjeros sobre la arena virgenla huella de su pie, mas no la conocieron.Otros, embriagados por el deliriode la silvestre flauta, pusieron proa al plenilunio.¡Pero eran sueños!Sólo aquellos locos, ¡ay! recibieronde tus rosados dedos el polenestelar:Y transportaron la vozhombro a hombro—pujando bajo la palabra—arriba de la noche, hundidospor su peso en el lacerante azul, arribadel águila, donde el zenzontle se reservatu liviano reino: y fue en sus labios—¡oh, paloma!—viento constantetu nombre ¡Libertad!
Fuentes
El Jaguar y la Luna, recogido en Poesía I, pp. 219–220. Compilación de Pedro Xavier Solís. Fundación Vida, 2003.
Pintura: Charles Sheeler.