De buena gana
Owen Reyes explora la nada, el deseo y la libertad de la palabra.
No apetezco nada de nadie.¿Y cómo? No esperen nada de mí.En mis venas está la incidencia del cautivo,de lo que seré algún día,de todos los que no fuerony de sus pechos nacieron floresy se esparcieron en otras manos heridas,de un destino que fue escrito y fue borrado,donde la tinta no llegó a secarse yse fue resbalando como en una carcajadahasta golpear un punto inexistente.Una inexistencia amurallada,una nada encerrada al final de un verso chino。Los felices años veinte se me secan en los dedoscomo tinta barata, y me froto las manos mientras esperoalgún bus, alguna ruta, alguna jaula,lo primero que pase y amablemente me invite a abordar.Porque la nada, que tiene vida propia,no se sacia con otra naday las letras ahora se escriben con otras palabras.Como ya dije: No apetezco nada de nadie.Rechazo la idea del corazón perfectamente rojo:¿Cómo puede ser alguien algo encerrado en en una baraja?Lo que puedan ofrecer déjenlo guardado a la par del polvo.Y apártenme la vista como a un mendigo viejoen cualquier plaza(Como se hace al cotidiano y conocen bien cómo hacerlo)y olviden el lugar hasta que me muera.Griten fuerte como mirándose en un pozoque fui un héroe griego,mientras me apartan la cara al tirar la flor.Y no espero nada de nadiesolo espero las raíces en las cuencas de mis ojos.
Créditos
Pintura: Sophie Taeuber-Arp.