La virgen quiché

Francisco Pérez Estrada / Revista Cultural La Vasija

Lectura

Ixquic, el Popol Vuh y la poesía de Francisco Pérez Estrada.

En 1975, el poeta, médico y estudioso del folclore nicaragüense Francisco Pérez Estrada publicó en Chinazte. Poemas una de sus recreaciones más singulares del universo indígena centroamericano: «La virgen quiché».

El poema vuelve sobre uno de los episodios más extraordinarios del Popol Vuh: la historia de Ixquic, la joven vinculada al nacimiento de los gemelos heroicos Hunahpú e Ixbalanqué.

Según el relato mítico, Ixquic queda embarazada de manera prodigiosa a partir del encuentro con el espíritu de Hun-Hunahpú en el árbol de jícaro. Su embarazo provoca sospechas entre los señores de Xibalbá y también ante su propio padre, Cuchumaquic.

Pérez Estrada recoge esa historia y la convierte en poesía:

«Por amor concibió Ixquic;

por amor y por magia.

De un árbol de jícaro,

del espíritu de los árboles.»

Pero el poeta introduce algo especialmente significativo: hace que el mito quiché dialogue con el lenguaje de la tradición mariana católica.

Ixquic aparece descrita como:

«Rosa mística

¡Castísima!

¡Torre de marfil!

¡Inmaculada!»

Estas expresiones no pertenecen originalmente al Popol Vuh: son incorporadas deliberadamente por Pérez Estrada. El resultado es una operación poética de sincretismo, donde dos tradiciones religiosas distintas se encuentran dentro de un mismo texto.

El poema insiste en la inocencia de Ixquic:

«Virgen, su corazón virgen.

Virgen, su cuerpo virgen.»

Y la compara también con una imagen profundamente ligada al mundo agrícola mesoamericano:

«Ella era una mazorca tierna.»

La historia alcanza uno de sus momentos más intensos cuando los señores de Xibalbá ordenan su muerte.

Cuatro búhos reciben la misión de sacrificarla y llevar su corazón y su sangre. Pero los mensajeros se apiadan de Ixquic.

En lugar de matarla, sustituyen su sangre por la savia del Árbol rojo de grana.

Cuando aquella sustancia es quemada ante los señores de Xibalbá:

«comenzaron a sentir el olor los de Xibalbá,

y sentían muy dulce la fragancia de la sangre».

La sangre no era sangre.

Era savia.

Y el sacrificio se transforma en salvación.

Otro verso resume el misterio que atraviesa todo el poema:

«Sólo el corazón del Cielo, lo sabía.»

La importancia de «La virgen quiché» está precisamente en esa capacidad de Pérez Estrada para hacer convivir imaginarios aparentemente distantes: Ixquic y la tradición maya-quiché; la mazorca y la Rosa mística; Xibalbá y la Inmaculada; la jícara y la Torre de marfil.

No se trata de convertir a Ixquic en una Virgen María indígena, sino de observar cómo un poeta nicaragüense del siglo XX utiliza el vocabulario cristiano para releer uno de los grandes mitos mesoamericanos.

El poema apareció en Chinazte. Poemas, publicado por Ediciones Nacionales en Managua en 1975, un libro hoy de circulación limitada. Jorge Eduardo Arellano volvió a reproducir y estudiar esta pieza dentro de su trabajo sobre la literatura indígena de Centroamérica.

Así, una historia nacida en el mundo mítico del Popol Vuh encontró otra vida dentro de la poesía nicaragüense contemporánea.

Fuentes

Francisco Pérez Estrada, «La virgen quiché», en Chinazte. Poemas, Ediciones Nacionales, Managua, 1975; reproducido por Jorge Eduardo Arellano en «Los hijos del maíz y de la yuca (Introducción a la literatura indígena de Centroamérica)».

La imagen de Ixquic utilizada en nuestro diseño es una representación artística contemporánea, no una reconstrucción histórica.

Redacción, recopilación y diseño: Lenin Espinoza