Carlos Martínez Rivas — vida y obra en insurrección solitaria
Semblanza y dossier sobre la vida, la poesía y la relación de Carlos Martínez Rivas con las artes.
En esta lectura
Carlos Martínez Rivas abre Los Imprescindibles, una serie dedicada a las figuras de la literatura cuya escritura sigue haciendo preguntas al presente. La semblanza y el dossier se encuentran para acercarnos a su vida y, sobre todo, a sus libros.
Poeta atento a la pintura, lector ávido y escritor que exige tiempo a cada verso, Martínez Rivas ofrece un vínculo fértil entre la palabra y la mirada. Su obra invita a leer sin prisa y a escuchar lo que una imagen puede revelar después de la primera impresión.
´´ La Juventud no tiene donde reclinar la cabeza.
Su pecho es como el mar.
Como el mar que no duerme de día ni de noche.
Lo que está en formación
y no agrupado como la madurez.
Como el mar que en la noche
cuando la tierra duerme como un tronco
da vueltas en su lecho.´´
Solo.
Retirado a mi tos.
Desde mi lecho que gruñe oigo correr el agua.
Toda el agua que se oye pasar de noche bajo los lechos.
Bajo los puentes.
La vida entre los poemas y las imágenes
Carlos Martínez Rivas nació en Guatemala el 12 de octubre de 1924, de padres nicaragüenses. Se formó en el Colegio Centroamérica de Granada y mostró tempranamente su vocación literaria. Sus viajes y estancias en Europa y América ampliaron su relación con la literatura y las artes. Esa experiencia ayuda a situar una escritura profundamente vinculada a Nicaragua y abierta a referencias culturales de distintas procedencias.
El paraíso recobrado, publicado en 1943, y La insurrección solitaria, aparecida en México en 1953, ofrecen dos entradas fundamentales a su trayectoria. Podemos leer en el primero la intensidad de la experiencia amorosa y, en el segundo, una conciencia que examina con ironía las convenciones del mundo. Desde La Vasija nos interesa ese movimiento: la belleza convive con la inconformidad y el deseo de encuentro con la experiencia.
LOS AMORES
Una vez que un amor nace en uno, crece.
Y no deja de crecer.
Y no muere.
Y al término de la vida se halla uno atado
por esos amores que crecieron como bejucos.
Morimos asfixiados por estos bejucos, enrollados,
apretando el cuello, el pecho, los lomos.
Leerlo supone aceptar una escritura que a veces se resiste a entregar todo su sentido de inmediato. Sus cambios de tono, las alusiones culturales y la precisión de las imágenes requieren participación. Volver a un poema permite descubrir una pregunta que antes pasó inadvertida. Allí reconocemos parte de su vigencia: en la capacidad de interrumpir nuestras certezas y hacernos escuchar de otra manera.
La pintura ocupa un lugar importante en ese mundo. En su ensayo «Un acercamiento a Carlos Martínez Rivas», Pablo Centeno describe su formación artística y su frecuentación de museos y ambientes de pintores.
Lo que hizo Míster Carlyle, el dispéptico.
Lo que hicieron Don Pío Baroja y su boina.
O Emerson ("...una fisonomía bien acabada es
el verdadero y único fin de la Cultura").
Y todos los otros Octogenarios,
los que no escamotearon su destino:
el propio, el que vuelve al hombre rocín
y acaba sólo gafas, hocico, terco bigote individual.
También recuerda las lecciones que impartió en 1991 y 1993 desde la cátedra creada con su nombre en la UNAN-Managua. Estos antecedentes permiten reconocer al poeta como un interlocutor de las artes, atento a los problemas de la creación y a las relaciones entre lo visible y la palabra.
Ese magisterio merece acompañar el retrato del escritor solitario. Al pie de la cátedra Carlos Martínez Rivas, de igual por Pablo Centeno-Gómez, fue publicado en 2002 por el Foro Nicaragüense de Cultura y la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. La referencia amplía la ruta de lectura hacia los estudios sobre su obra. Acercarnos a esta dimensión crítica permite situar sus poemas dentro de una conversación más extensa sobre literatura y sensibilidad artística.
¡soy tu hombre! Pues más hospitalario
que el mío un corazón no halló jamás
para posarse el falso amor. Igual
que llegué, parto: solo, y cuando mudo
de cielo mudo también de corazón.
La recuperación editorial posterior a su muerte también modificó las posibilidades de leerlo. Poesía reunida, publicada por Anamá en 2007 con el trabajo de compilación de Pablo Centeno-Gómez, amplió el acceso a su escritura. En 2012 apareció Como toca un ciego el sueño, una antología de 278 páginas publicada por Anamá y seleccionada por el mismo estudioso. Conviene distinguir los libros del poeta de los estudios dedicados a él: esta antología reúne su poesía y ofrece otro recorrido para conocerla.
La labor de quienes reúnen, estudian y difunden estos textos forma parte de la historia de su recepción. En ese horizonte incluimos también a Donaldo Altamirano: la bibliografía de Grandeza y tragedia de Carlos Martínez Rivas registra su artículo «La espléndida pobreza de Carlos Martínez Rivas», publicado en 1998. Su existencia documenta otra voz interesada en el poeta; el contenido del artículo requiere consulta directa antes de atribuirle interpretaciones particulares.
Para La Vasija, estas referencias abren un camino de investigación y de lectura compartida. Los testimonios ayudan a conocer circunstancias; los estudios aportan perspectivas; las ediciones acercan los poemas. Cada material cumple una función y merece ser leído con atención. Una semblanza gana profundidad cuando reconoce esas diferencias y permite que la escritura del autor conserve el centro.
Una lectura que continúa con nosotros
Carlos Martínez Rivas murió en Managua el 16 de junio de 1998. Su obra permanece disponible para encuentros nuevos, incluso para quien apenas conoce su nombre. Podemos comenzar por sus libros más reconocidos o por una antología y detenernos en el poema que nos haga volver sobre una línea. La lectura comienza a ser propia cuando encontramos algo que queremos discutir, compartir o comprender mejor.
Lo llamamos imprescindible porque su poesía nos enfrenta a la exigencia de mirar con atención. El amor, la soledad y la inconformidad adquieren en ella una intensidad que puede acompañarnos fuera del libro. Nuestra invitación editorial consiste en acercarnos a esa experiencia con curiosidad, permitiendo que cada lector forme su juicio y descubra sus propias razones para regresar.
Con el redoble de un tambor
en el centro de una pequeña Plaza de Armas,
como si de los funerales de un Héroe se tratara;
así querría comenzar. Y lo mismo
que es ley en el Rito de la Muerte,
de su muerte olvidarme y a su vida,
y a de los otros héroes apagados
que igual que él ardieron aquí abajo, volverme.
Prólogo
Allá, en la América del sur, lejos, en Colombia.
Donde el Magdalena corre ancho y solemne,
y el Tequendama se alza
como un río que se puso de pie
para mirar de lejos el mar;
al norte, en el puerto de Cartagena.
Frente al escándalo de las olas,
y bajo los suntuosos cocoteros;
en medio del paisaje marino
con el muelle, los barcos, las gaviotas
vive una niña.
No es largo de contar.
La conocí una mañana
en el aeropuerto de San José de Costa Rica-
Lo demás no puede ser más sencillo:
la amé. Todos los jóvenes la amábamos.
Un día partió para Colombia,
para Cartagena…
Y, entonces, yo,
al no hallar qué hacer con mi amor,
hice de él una canción.
La encontré buena. Y me la aprendí de memoria
para mi propio recreo y deleite,
y para decirla ante un grupo de amigos
que con cierta frecuencia me piden que recite.
Dice así la canción…
Retrato de dama con joven donante
¡Oh seguedad! ¿Acuerdo intenta humano
fatal corregir curso, fácilmente?
Tal ya de su reciente mies villano
divertir pretendió raudo torrente,
mucho le opuso monte, mas en vano,
bien que desenfrenada su corriente,
a cuanta Ceres inundó vecina,
riego le fue la que temió ruina
Góngora.
I
La juventud no tiene donde reclinar la cabeza.
Su pecho es como el mar.
Como el mar que no duerme de día ni de noche.
Lo que está en formación
y no agrupado como la madurez.
Como el mar que en la noche
cuando la tierra duerme como un tronco
da vueltas en su lecho.
Solo.
Retirado a mi tos.
Desde mi lecho que gruñe oigo correr el agua.
Toda el agua que se oye pasar de noche bajo los lechos.
Bajo los puentes.
Las aves del cielo tienen sus nidos. Nidos curiosísimos.
Los zorros y las raposas tienen alegres madrigueras
donde hacen de todo.
La juventud no tiene donde reclinar la cabeza.
Y rompe a hablar. A hablar. Toda la tarde
se la pasó el joven hablando delante de la mujer enorme.
Dejándola para mañana se le pasa la vida.
Y en la Pinacoteca de Munich, bajo el gran hongo, a la afable
sombra de los Viejos Maestros, o en la olla del placer,
derramando en el suelo su futuro
dice a su juventud, a su divino
tesoro dícele: –Solo espero
que pases para servirme de ti.
Y aprender a sentarse.
Empezar a tener una cara.
Lo que hizo Mister Carlyle, el dispéptico.
Lo que hicieron Don Pío Baroja y su boina.
O Emerson (“…una fisonomía bien acabada es
el verdadero y único fin de la Cultura”).
Y todos los otros Octogenarios,
los que no escamotearon su destino:
el propio, el que vuelve al hombre rocín
y acaba sólo gafas, hocico, terco bigote individual.
Los que llegaron hasta el final
y zanjaron el asunto y merecieron
un retrato en su viejo sillón rojo
calvo ya como ellos y hermoso.
Sentados para siempre. Fotogénicos.
Idénticos a su celebridad. Fijos los ojos
como si por encima del vano afanarse de la tribu
lo logrado miraran. ¡Lo logrado!
¿Lo logrado?
¿Y si fuera otra cara la verdadera y no ésta,
sino la otra, la mal hecha, la que no se parece
y es distinta cada vez? La del Hombre
del Trapo en la Cabeza, el que se cortó
la oreja con una navaja de afeitar
para dársela a la menuda prostituta?
Pero él fue solamente un pintor. Uno
entre los otros espantapájaros, minúsculos
en medio del gran viento que choca contra el cielo,
empeñados en añadir un paso más a la larga cadena.
Ocupados en cambiar la Naturaleza, como las estaciones.
Rehaciendo y contrahaciendo el rostro del mundo. El rostro
del vasto mundo plástico, supermodelado y vacío.
Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos
(fragmento)
I
Con el redoble de un tambor
en el centro de una pequeña Plaza de Armas,
como si de los funerales de un Héroe se tratara;
así querría comenzar. Y lo mismo
que es ley en el Rito de la Muerte,
de su muerte olvidarme y a su vida,
y a de los otros héroes apagados
que igual que él ardieron aquí abajo, volverme.
Porque son muchos los poetas jóvenes que antaño han
(muerto.
A través de los siglos se saludan y oímos
encenderse sus voces como gallos remotos
que desde el fondo de la noche se llaman y responden.
Poco sabemos de ellos: que fueron jóvenes y hollaron
con sus pies esta tierra. Que supieron tocar algún
(instrumento.
Que sintieron sobre sus cabezas el aire del mar
y contemplaron las colinas. Que amaron a una muchacha
y a este amor se aferraron al extremo de olvidarse de ellas.
Que todo esto lo escribían hasta muy tarde, corrigiéndolo
(mucho,
pero un día murieron. Y ya sus voces se encienden en la
(noche.
Fuentes
Centeno, Pablo. «Un acercamiento a Carlos Martínez Rivas». 400 Elefantes, 16 de junio de 2012.
Centeno-Gómez, Pablo. Al pie de la cátedra Carlos Martínez Rivas. Managua: Foro Nicaragüense de Cultura y UNAN, 2002.
Martínez Rivas, Carlos. Poesía reunida. Anamá, 2007. Compilación de Pablo Centeno-Gómez.
Martínez Rivas, Carlos. Como toca un ciego el sueño. Selección de Pablo Centeno-Gómez. Anamá, 2012.
Diarios y percepciones visuales de Carlos Martinez Rivas. Donaldo Altamirano y Pablo Centeno Gómez. 2026.