Rafael Vargarruiz
Poeta, cineasta, dramaturgo, narrador y crítico cinematográfico nicaragüense
Patrimonio vivo | rafael vargarruiz
Poeta, cineasta, dramaturgo, narrador y crítico cinematográfico nicaragüense
En esta nueva entrega de Patrimonio Vivo, Revista Cultural La Vasija se acerca a la trayectoria de Rafael Vargarruiz (León, 1947), una figura cuya obra difícilmente puede encerrarse en un solo género. Literatura, cine, teatro, crítica, canción popular y experimentación formal convergen en una producción que, según el análisis del poeta y crítico Iván Uriarte, ocupa un lugar singular dentro de la creación nicaragüense contemporánea.
La amplitud de su trabajo puede advertirse desde su bibliografía. Uriarte registra incursiones en el teatro, con La caja de seguridad (1997); el guion cinematográfico, con Ángel pobre en overol desteñido (1996); el cuento, con Vargarruiz’s calles y lugares (2001); y una extensa producción poética que incluye Lima, Limón (1995), Lobo Jack (1998), Veinte mujeres abandonadas, catorce hombres, un perro y un chocoyo (2007), Del universo y el cabaret donde el poeta perdió su reloj y Los Haikus de la sangre escarlata y el bolero perdido en el fondo del mar.
Pero su relación con la cultura nicaragüense rebasa ampliamente la página escrita.
Iván Uriarte destaca de manera particular su creación cinematográfica. En su análisis señala que Vargarruiz filmó Señorita en 1973, obra que caracteriza como la primera película nicaragüense de autor. También le atribuye la fundación del Instituto Nicaragüense de Cine, su condición de fundador y primer director de la Cinemateca Nacional y la creación del premio Güegüense de Oro a la creación audiovisual. A ello se suman una amplia filmografía y cientos de escritos dedicados a la crítica cinematográfica.
Precisamente esa convivencia entre disciplinas constituye una de las claves para comprender su literatura. Para Uriarte, Vargarruiz posee una extraordinaria capacidad registral: no se limita a practicar distintos géneros de manera independiente, sino que introduce procedimientos propios del cine, el teatro, la narración y la música dentro de sus textos poéticos.
Esta característica resulta especialmente visible en Lobo Jack, Veinte mujeres abandonadas, catorce hombres, un perro y un chocoyo y Del universo, el tiempo, el espacio y el cabaret donde el poeta perdió su reloj, tres obras que Uriarte relaciona por sus procedimientos transtextuales y por la importancia que adquiere el espacio desde donde se produce el poema.
En Lobo Jack, ese espacio es una discoteca. Desde sus primeras secuencias, el lector entra en una atmósfera nocturna de bar, música, recuerdos y desplazamientos interiores. La canción popular se convierte en uno de los motores del texto y las referencias musicales acompañan una narración poética construida mediante recuerdos súbitos, monólogos, cambios de escena y procedimientos cercanos al montaje cinematográfico.
Para Uriarte, Lobo Jack funciona incluso como una suerte de “poema cinematográfico”. El lector parece invitado a convertirse alternativamente en guionista, camarógrafo, director y actor, mientras el texto se desplaza por distintos lugares y tiempos. León, Managua y otros espacios aparecen mediante escenas rápidas que recuerdan procedimientos como el flashback y el montaje.
La dimensión cinematográfica llega hasta el final del libro, cuyo cierre es descrito por Uriarte como semejante al de un guion de película. Pero, al mismo tiempo, la poesía permanece en el centro: naturaleza, deseo, memoria, ausencia, música, ciudad y experiencia personal se transforman continuamente en imágenes líricas.
En Veinte mujeres abandonadas, catorce hombres, un perro y un chocoyo, Vargarruiz lleva esa experimentación hacia otra dirección. El universo de las despedidas sentimentales, los melodramas amorosos y las canciones populares se convierte en la materia estructural del libro.
Boleros, tangos, rancheras y otras expresiones de la música popular funcionan como guías para las historias. Aparecen referencias a composiciones como Amor desesperado, Paloma negra y Ne me quitte pas, junto con un universo musical que incluye desde José Alfredo Jiménez hasta la Sonora Matancera.
El propio planteamiento del libro juega con las fronteras genéricas. Según describe Uriarte, su portada puede recordar una fotonovela, una telenovela, un cartel cinematográfico o incluso la presentación de un disco. El libro se anuncia como “El libro del adiós con Rockonola”, mientras sus treinta historias parecen convertirse en canciones seleccionadas desde el teclado imaginario de una roconola.
Desde esta perspectiva, cada canción conduce a una historia y cada historia adquiere la intensidad de un melodrama. Vargarruiz construye así una auténtica poética del bar, la cantina, el burdel y el centro nocturno.
Uno de los elementos más llamativos señalados por Uriarte es el trabajo con la paratextualidad: portadas, índices, epígrafes, citas, ilustraciones, solapas y otros elementos que tradicionalmente rodean el texto se convierten también en parte de la experiencia literaria.
En Lobo Jack, por ejemplo, la portada reproduce la entrada de una discoteca y el índice incorpora versos procedentes de canciones de José Alfredo Jiménez. Los textos aparecen acompañados por referencias musicales que establecen un contrapunto constante entre poesía y canción.
En Veinte mujeres abandonadas..., esta estrategia se vuelve aún más compleja. Su diseño incorpora recursos propios de la cultura popular, el cine y la fotonovela; aparecen referencias a Dante junto a versos de la canción popular mexicana; e incluso se construye una representación de un cementerio con treinta tumbas relacionadas con los protagonistas de las historias.
Todo ello demuestra que, para Vargarruiz, el libro no es únicamente un conjunto de palabras impresas: también puede ser escenario, pantalla, cartel, banda sonora y objeto visual.
Uriarte encuentra igualmente otra vertiente de su poesía en obras como Lima, Limón, Los Haikus de la sangre escarlata y el bolero perdido en el fondo del mar y Del universo, el tiempo, el espacio y el cabaret donde el poeta perdió su reloj, donde la textura lírica adquiere un peso mayor.
En este último libro, el poeta convierte el cabaret en escenario de una búsqueda espiritual y metafísica. El texto comienza bajo el llamado del espectáculo —“¡Show time!”— y conduce hacia un viaje situado en un espacio virtual e intemporal. El cabaret deja entonces de ser únicamente un sitio nocturno para transformarse en espacio simbólico de exploración del tiempo, el universo, la conciencia y la propia escritura.
Por eso, la obra de Rafael Vargarruiz no puede comprenderse únicamente desde la poesía tradicional. En ella confluyen su experiencia como cineasta, dramaturgo, narrador y crítico. Sus libros pueden adoptar la estructura de una película, apropiarse del ritmo de una canción, utilizar recursos del espectáculo o convertir al lector en participante de una representación.
Iván Uriarte considera que muy pocos poetas nicaragüenses han trabajado con tanta libertad modalidades transtextuales de esta naturaleza. En particular, destaca Lobo Jack y Veinte mujeres abandonadas... como muestras de búsquedas personales poco practicadas dentro de la expresión literaria nicaragüense.
Esa singularidad también habría provocado, según Uriarte, cierta incomprensión por parte de antólogos y críticos acostumbrados a modelos más convencionales de lectura y análisis.
Vista en conjunto, la trayectoria de Rafael Vargarruiz revela a un creador cuya obra se mueve constantemente entre lenguajes.
Poeta y cineasta.
Narrador y dramaturgo.
Crítico y experimentador.
Hombre de la palabra y de la imagen.
En sus textos, una discoteca puede convertirse en escenario poético; una canción popular, en estructura narrativa; una despedida amorosa, en secuencia cinematográfica; y un cabaret, en punto de partida para una reflexión sobre el universo y el tiempo.
Esa capacidad para hacer convivir literatura, cine, música y cultura popular convierte su obra en una experiencia difícil de clasificar y, precisamente por ello, especialmente valiosa dentro del panorama cultural nicaragüense.
Rafael Vargarruiz representa una trayectoria en la que la poesía entra en contacto permanente con otras artes y descubre nuevas posibilidades de expresión.
Una obra donde la palabra puede convertirse en imagen, la imagen en música y la música nuevamente en literatura.
Por esa amplitud creadora, por su contribución al desarrollo del cine nacional y por una literatura que desafía las fronteras entre los géneros, Rafael Vargarruiz forma parte de nuestro PATRIMONIO VIVO.
Revista Cultural La Vasija
Literatura • Cine • Teatro • Crítica • Cultura