Francisca Alfaro · El Salvador

Francisca Alfaro

Selección poética

Seis poemas de Francisca Alfaro dialogan con la obra visual de Julia Díaz en una postal desde El Salvador.

En esta lectura

Postales desde Centroamérica nació como un recorrido por las voces que escriben nuestra región: una forma de cruzar fronteras a través de la poesía y de reconocer que Centroamérica no es una sola imagen, sino un territorio compuesto por memorias, lenguajes, heridas, afectos y maneras distintas de mirar el mundo.

Después de Guatemala y Belice, nuestra tercera postal llega desde El Salvador, de la mano de la poeta Francisca Alfaro.

Francisca Alfaro, poeta salvadoreña nacida en 1984, es Maestra de Estudios de la Cultura Centroamericana por la Universidad de El Salvador. Ha sido reconocida en los Juegos Florales de Zacatecoluca 2014 con Ficción del amor, en el certamen Santa Tecla Activa con Inventario de la sombra y en el Certamen de Primera Infancia «Maura Echeverría» de 2017. Festival Centroamericano de Poesía. Su trayectoria comprende los libros Crujir de pájaros (2015), Conversaciones anormales (2017), Cartón para un monólogo (2020), Indómito (2022) y Canción de los viajeros (2024). Asimismo, forma parte del comité editorial de la Revista El Escarabajo.

Sobre la obra visual

La pintura que acompaña esta postal pertenece a Julia Díaz (1917–1999), pintora y gestora cultural fundamental en la historia del arte salvadoreño. Su obra mantuvo una profunda sensibilidad hacia la realidad social de su país, mientras que su labor como promotora de las artes dejó instituciones decisivas como Galería Forma y posteriormente Museo Forma. El Ministerio de Cultura de El Salvador la reconoce como una de las mujeres más sobresalientes de la historia contemporánea de las artes visuales salvadoreñas.

Su poesía

En los poemas reunidos en el IV Festival Centroamericano de Poesía Guanacaste Eterno 2026, la escritura de Alfaro construye un universo intensamente visual. Mujer, naturaleza, memoria, pérdida y violencia aparecen transformadas en imágenes donde lo cotidiano puede adquirir dimensiones casi míticas.

Una mujer

Una mujer como un vendaval de cenizas entierra nuestros nombres en sus raíces gime a media noche con la súplica de su rostro marcado por las dudas cierra puertas para que el olvido no muerda sus manos esconde pedazos de su corazón teme la rareza de la distancia y el sabor del vidrio fermentando adioses ella sabe de las tormentas de mayo azotando su vientre el correr de la lluvia bajo sus pies mientras el dolor se anclaba en su pecho el llanto de un hijo sorbiendo el barro de sus manos la mentira de los abrazos de un hombre que se fugó con la niebla ella encierra en su voz los colores de su niñez recuerda detalles de los morros, los nances los ayotes, las milpas, sus bueyes y gallinas, de sus ollas, comales y piedras para moler ella dejó su mundo de ceniza y flores decidió por la ciudad que ardía en el fuego de las guerras decidió por los hombres que la envenenaron con luciérnagas moribundas decidió nacer en otros rostros, a mitad del camino se volvió una montaña impenetrable amorosa con los indefensos, mortal con los invasores.

Visión

Indómito pez de aire surca el cielo el corrosivo impulso de su espada de fuego marca los círculos violetas que esconden su veneno una mujer cierra las manos lleva en ellas un pajarillo moribundo que arrulla como si fuese un niño tiene alfileres clavados en las pequeñas y diminutas alas nunca aprendió en el viento el vuelo de los que juegan con él fue sacrificado por una parvada ansiosa a pesar de las caricias y el silencio cálido de las manos el pajarillo muere, un hálito que deja un humo azul sube como un globo predestinado a la nada explota la luz que fue un pájaro el pez de aire recoge la sangre amarilla que pigmenta las máscaras de los dioses momificados en la bóveda gris del firmamento.

Inundación

Un espejo verde refleja el faro en los ojos de una mujer cuya piel es el mar su mirada muestra la tormenta que se aproxima los animales más sanguinarios duermen en sus cabellos eléctricos porque ella los disecó como regalo para el amante perfecto las manos de una mujer que no es una mujer irrumpen en el vaivén de las olas en invierno duerme el viento del oeste y las bestias susurran a sus crías en un lenguaje obscenamente marino historias de muertos que trae la luna llena es invierno el olvido macabro deja su huella sobre los maderos de un barco empotrado sobre riscos el arrecife es violento en su silencio niega la danza al pez que juega con la luna.

El camino

En espacios donde la sangre ríe a través de las piedras la manzana que tomó la última hechicera lleva por nombre: Morgana y se congela con el miedo descongela con el beso de un terrible caracol sobre el hombro herido. A todas mis preguntas un hada estúpida que sueña con la garganta de un fauno responde danzando sobre mis propias heridas y busco la melodía de donde viene el grito que ahoga lo que nombro y hallo perros que aman el vientre senil de una mujer loca y rabiosa y hallo tempestad sobre un camino que conduce simplemente a una ventana.

Ausencias

Aprendemos que extrañar no es un poema. Ahora que lo pienso mejor y ya no tengo el hipo orgiástico que no me permitió saludarte y ya no me quedan camisas blancas que tengan una quemadura de luz sobre mi hombro y que puedo sobornar mis propias esperanzas abrir un paraguas, cuando algo, como una lluvia moja mis ilusiones: Nunca necesitaré de un hombre cuyo rostro pueda olvidar cuando apago la luz.

Calma

Mi mejor amigo se ha burlado de mi amor enfermizo me habló de encontrar calma de leer “El tiempo principia en Xibalbá” de correr como locomotora de dejar mis vicios más comunes y yo le dije que no puedo que la vida que siempre he querido es ésta donde soy un remolino un cocodrilo un ser de carne y pelos que intenta escribir sus propia magia su elemental locura amando semáforos. Mi mejor amigo es un hombre en cuyo poema hay Ícaro siempre hacia el vacío. Por eso me entiende. Por eso a veces le escribimos cartas a la muerte, y llegamos cerca de su domicilio, pero hasta la muerte tiene sus pasiones erradas; como la mujer de negro que intenta golpearme en una película donde el corazón del poeta es un burdel , todo es un intento de otra cosa. Y yo no dejo de aprender esa otra cosa esa que me dibuja como una libélula quemándose en el ocaso.

Fuentes

IV Festival Centroamericano de Poesía Guanacaste Eterno, 2026.

Pintura: Julia Díaz (1917–1999).

Redacción, recopilación y diseño: Franz Tórrez Hernández